En 2008, los subsidios a los combustibles fósiles en el mundo en desarrollo superaron los 500 mil millones de dólares americanos. Estos subsidios distorsionan la asignación de recursos, que se traduce en exceso de consumo de petróleo, gas y carbón; debilitan los incentivos para la innovación y despliegue en tecnologías no fósiles; aumentan la contaminación del aire y dióxido de carbono, disminuyen la producción económica, imponen una importante carga fiscal, y contribuyen a la volatilidad de los mercados mundiales de la energía.